La revolución de la bondad llega sólo cuando nos damos cuenta, cuando reconocemos que es lo único que nos hará anhelar algo distinto y prodigioso en nuestra vida. Para ello debemos permitir que su aroma nos perfume, nos renueve, nos cautive, nos envuelva, nos conmueva, nos llene de belleza, de frescura, de libertad y de alegría… sólo así podremos compartirla con los demás, «porque el aroma que se recibe y no se comparte, no sirve de nada», parafraseo el pensamiento de un amigo.
Lo que quiero decir es que tendremos que hacer algo... aquello que nadie quiere hacer: acercarnos a la gente que nos necesita, a los enfermos desahuciados, a las viudas, a los abandonados, a los desvalidos, a los enfermos de los cuales todos se alejan... y sentir compasión por la gente marginada (dejando algo mejor en ellos), algo que no se adquiere con dinero ni con poder, porque tiene que ver con el alma, con el interior del ser humano.
Por éso creo que es bueno pensar en una verdadera revolución de la bondad porque nos lleva al comienzo del Tiempo. Es preciso que recordemos de dónde venimos: “En el principio...” Nos hace bien recomenzar, removernos, revitalizarnos, refrescarnos, renacer, recrearnos... revolucionar con la bondad el mundo en que vivimos.
¿Por qué no comenzar hoy mismo siendo bondadoso en nuestro barrio? Creo que comienza así.

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