De acuerdo a una antigua leyenda, mientras el rey Salomón paseaba por sus jardines y meditaba en la grandeza de sus obras (acababa de terminar de construir su majestuoso templo), escuchó una bulliciosa conversación entre dos mariposas.
Dice la tradición que Salomón era un experto en ciencias naturales y era sensible al misterioso lenguaje de los animales; en realidad, Salomón era capaz de entender a los animales, a las aves, a los reptiles y a los peces. Por ello, no sorprende que fuera capaz de entender el susurro de estos dos insectos.
–Con un movimiento de mis alas –se jactó una de ellas, yo podría destruir este templo.
De más está decir que la otra mariposa quedó muy impresionada.
Pero a Salomón eso no le gustó. De inmediato, citó a la primera mariposa a su oficina.
–Así que –dijo Salomón–, entiendo que con un movimiento de una de tus alas puedes destruir mi templo.
–No –tartamudeó la mariposa, temblando toda (eso explica el hábito del temblequeo que vemos ahora entre las mariposas)–. Solo me estaba jactando ante mi amiga; quería conseguir su atención y admiración.
Salomón sonrió comprensivamente, perdonó a la pobre criatura y la dejó ir.
Cuando la mariposa salió del palacio, se encontró con su temblorosa amiga, que la había estado esperando ansiosamente para saber cómo le había ido con el rey.
–¿Qué te dijo Salomón? –le preguntó.
Tensando sus músculos alares otra vez, miró a su amiga a los ojos, y le dijo:
–¡Me rogó que no destruyera su templo!
(Extraído del libro TODO ES VANIDAD, de Jacques Doukhan).

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